En la sesión de esta semana hemos debatido sobre la nueva burbuja inmobiliaria que se está generando a cuenta de la proliferación de turistas alojados en habitaciones de alquiler temporal en el centro de nuestras ciudades.
Se han evidenciado dos opiniones contrapuestas:
- Los que opinan que la regulación es necesaria, especialmente en lugares con espacio limitado donde las ciudades no pueden crecer en extensión. Es el caso de las islas (Mallorca, Canarias…) o valles rodeados de montañas (Bilbao, San Sebastián…). Por una parte se está promocionando el negocio turístico y se organizan grandes eventos para aumentar el flujo de visitantes, pero por otra parte no se ha pensado en una solución sostenible para el alojamiento de los mismos. Además, el turismo de masas está transformando a las ciudades, que van perdiendo su esencia tradicional. Los habitantes de Venecia por ejemplo, han ido abandonando la isla hasta el punto que ya ningún veneciano habita en el Casco Antiguo. Allí sólo quedan alojamientos, restaurantes, tiendas y negocios pensados para los turistas. No se puede vender turísticamente una ciudad pequeña como si fuese una gran ciudad, porque los negocios hosteleros y grandes fondos de inversión se harán paulatinamente con todos los pisos de la ciudad, convirtiéndolos en alojamientos turísticos. Los precios se volverán prohibitivos para los habitantes autóctonos que no podrán mantenerse en el centro y deberán trasladarse a otros pueblos aledaños obligatoriamente.
- Los que ven una oportunidad para dar rienda suelta a la creatividad del ser humano en la resolución del problema del alojamiento. Históricamente, aquéllas familias que no tenían recursos para comprar otro tipo de viviendas se construían sus propias chabolas, y también aparecieron alquileres de habitaciones con derecho a cocina o se compartían pisos de 60 m2 entre 10 personas. Los fenómenos de Airbnb o del intercambio de viviendas no son más que una solución creativa a la escasez de plazas hoteleras para turistas. De esta manera, aprovechando las oportunidades disponibles, los oriundos del lugar pueden transformar su modo de vida adaptándolo para a dar servicio a los turistas que van pasando por allí. Debemos pensar que este fenómeno no es exclusivo de nuestras ciudades. Bilbao o San Sebastián no son sino dos de los cientos de ciudades del viejo continente que se están viendo afectadas por esta situación. Amsterdam, Venecia, Sevilla, Barcelona, Praga, Lisboa, Dublín… todas están siendo prostituidas en este momento. Sin duda, y como cualquier otro producto de la globalización y de los modelos de desarrollo económico actual, la única alternativa que tenemos es la de adaptarnos a esta nueva realidad.
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