jueves, 5 de marzo de 2020

Eutanasia

En la sesión de esta semana hemos sacado a debate la nueva proposición de ley de “Muerte Digna”, que pretende regular este asunto a imagen y semejanza del resto de países europeos. Hemos tenido opiniones para todos los gustos:
- Por una parte, los que piensan que la muerte asistida y el suicidio son inmorales por definición. Aquéllas personas que se consideran creyentes piensan que su cuerpo no les pertenece a ellos sino a Dios, por tanto ellos no pueden tomar ningún tipo de decisión al respecto de cuándo o cómo deben abandonar este mundo. Por otro lado, los demás tampoco deberían poder decidir sobre la vida de aquéllas personas que estén inconscientes o sin capacidad de comunicación (coma clínico). Aunque en ciertos casos se mantiene a la gente artificialmente con vida, sin aplicar la “Ley Natural”, nunca sabemos dónde puede producirse un milagro. Si existe una sóla posibilidad, por pequeña que sea, de que la persona enferma se pueda recuperarhabría que apurarla hasta el último segundo. Con independencia del gasto en recursos que esto pueda suponer, ya que no sabemos lo que pasa por la mente humana en realidad ni lo importante que cada uno pueda resultar para la historia de la humanidad. Un minuto más de vida de una persona tan inteligente como Fleming o Einstein podría haber servido para encontrar una cura a una enfermedad, o para realizar un descubrimiento esencial para nuestra especie. Es mejor que Dios o el Destino decidan sobre la muerte y que nunca sean los hombres quiénes tomen parte en ello. Además, legalizando la eutanasia, favorecemos que la gente prefiera quitar de en medio a sus familiares enfermos para cobrar sus herencias.
- Por otro lado, los que opinan que, desde una perspectiva laica, nuestros gobernantes tienen el mandato de optimizar los recursos del Estado. Una gestión responsable obliga a no dedicar recursos públicos para mantener con vida a gente que sabemos que se encuentra condenada. Por otra parte, tratar de aplicar la “Ley Natural” en lugar de dedicar recursos a alargar la vida de las personas artificialmente, no debería resultar tan problemático. La naturaleza ya es capaz de regularse por sí misma. En todo caso, para evitar la pérdida de vidas que puedan resultar beneficiosas a largo plazo para el conjunto de la sociedad, deberíamos poner algunos límites. Por ejemplo, en caso de duda, podríamos dedicar más recursos para ayudar a la gente jóvenpero también deberíamos tratar de respetar los testamentos vitales de cada uno si éstos se encuentran registrados adecuadamente. Actualmente ya se realizan este tipo de priorizaciones ayudando, operando, y trasplantando órganos a gente jóven antes que a los más mayores. Y cada uno puede registrar su testamento vital a través de su médico de cabecera. En la mayoría de países europeos ya se ha adoptado una solución pragmática y de optimización de recursos para regular estas situaciones de enfermedades terminales, incluso en casos de enfermedades crónicas con pérdida de calidad de vida. Por más que nuestra sociedad pueda estar orientándose a la soledad y al individualismo, esta ley de muerte digna no tiene la culpa de ello. Un suicidio siempre resulta mejor regulado y gestionado adecuadamente, antes que tener que soportar los efectos negativos de gente que va tirándose a la vía del tren o en las carreteras.

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