Esta semana hemos debatido sobre la tercera república coincidiendo con el regreso del Rey emérito y con el aniversario de la proclamación de la Segunda República en la ciudad de Eibar.
- Mientras algunas personas creen que es el momento adecuado para un cambio de régimen, porque las viejas estructuras de poder de la Monarquía Parlamentaria (heredera del régimen franquista) ya han sido descubiertas, y todos conocemos como han estado chapoteando en la corrupción y el lujo más obsceno durante años. Felipe VI "el preparado" disfruta de la misma inmunidad que Juan Carlos I "el campechano" con la organización de Estado actual. Una República que mire al futuro, reconociendo los errores de sus antecesoras y comprometiéndose a no repetirlos, construida con la madurez y serenidad de una sociedad del siglo XXI, política y económicamente independiente de oligarcas, que garantice una democracia real dónde cada funcionario responda por sus actos sería bienvenida en este momento. El retrógrado régimen monárquico es un sistema arcaico y obsoleto que no aporta nada positivo en las sociedades del siglo XXI. Debemos actualizarnos y mirar hacia el futuro en lugar de seguir anclados en el pasado. Por otra parte, habría que plantearse incluso llegar más lejos y definir un sistema aún más participativo que el sistema democrático occidental tradicional.
- Otras personas opinan que si las piezas no encajan en el puzle, también se pueden cambiar aunque manteniendo el sistema. Simplemente se trata de buscar el funcionalismo, tal y como hacen en las culturas orientales. La corrupción se puede dar igualmente en sistemas republicanos como hemos visto multitud de veces en otros países. Por otra parte, un cambio de régimen podría provocar muchas tensiones y avivar rescoldos que estaban apagados y olvidados. En momentos de crisis económica, energética y de interacción social, no necesitamos azuzar más a las bestias, provocando más dudas y generando más motivos de conflictividad. Bastantes frentes están abiertos ya en esta época de cambio que nos está tocando vivir a nuestra generación. La monarquía tiene un efecto cohesionador sobradamente demostrado. No sólo se trata de que, el emérito se ganase el corazón de toda la ciudadanía ayudando a tumbar un intento de golpe de estado, sino de su capacidad de aglutinar todas las sensibilidades nacionales sobre una cabeza reconocida oficialmente como jefe de estado titular para todos los territorios que conforman el Estado Español. Por no hablar del ascendiente que también aporta esta figura entre la ciudadanía de ascendente hispano de la otra orilla del charco. En un mundo cada vez más globalizado, todo lo que ayude a unificar el concepto de hispanidad a lo largo y ancho del globo es un recurso muy bienvenido.