miércoles, 24 de junio de 2020

Estallido antiracista y antixenófobo

En nuestra última sesión hemos debatido sobre los disturbios que se han venido extendiendo por todos los Estados Unidos, incluso llegando también a algunos países de Europa, después de las últimas actuaciones violentas de la policia contra personas de color. Se han evidenciado dos posturas…
- Por un lado están los que creen que toda la sociedad occidental es claramente racista y xenófoba. Piensan que el racismo y los prejuicios culturales están anclados en todas nuestras instituciones desde hace años, y que su pretensión es mantener los privilegios históricos de la raza blanca a toda costa. El miedo está detrás de todas estas actitudes. Nuestro cerebro siempre está ávido de hábitos y situaciones controladas, busca la comodidad de lo conocido, reaccionando negativamente ante la incertidumbre de lo desconocido. La diversidad cultural resulta demasiado compleja de gestionar para la mayoría de nosotros, pero no es un problema del color de la piel en realidad, sino más bien un problema de prejuicios culturales. La frase: "Todos los forasteros no son sinvergüenzas, pero todos los sinvergüenzas son forasteros" se utiliza mucho, incluso entre los políticos y dirigentes que siempre  andan buscando cabezas de turco a quiénes echar la culpa de todos los males que padecemos. En USA aquéllas personas que han pasado por la cárcel alguna vez pierden su derecho a voto, y mientras están encerrados se ven obligados a trabajar por salarios irrisorios, conformándose una situación de  cuasi-esclavitud. Allí es también habitual la proliferación de familias desestructuradas alrededor de este tipo de situaciones, resultando en una pescadilla que se muerde la cola. Porque al no existir protección social ni políticas activas de reinserción, tienden a perpetuarse la situación precaria y los problemas de delincuencia alrededor de las mismas familias y comunidades. La alternativa de solución que plantean los alborotadores de la última ola de disturbios, que hablan incluso de desmantelar el cuerpo de policía como en Minneapolis no parece vaya a salir adelante. Seguramente llegará un dictador de mano dura que imponga el orden a la fuerza. En estos casos, a lo largo de la Historia siempre se repite esta misma pauta: después de una época de caos y desorden, siempre llega un tirano a reordenar la situación.
- Por contra, también hay quién cree que, especialmente en los últimos años, hemos sido testigos de un cambio de paradigma social importante en este aspecto. En los medios de comunicación, sobre todo los oficiales, se ha estado vendiendo intensamente la posibilidad de una convivencia multiracial pacífica. Por otra parte, ¿estamos seguros de que el problema es de racismo o miedo a otras culturas y no se trata más bien de un problema de aporafobia? Al fin y al cabo está sobradamente demostrado que el dinero es el factor integrador más grande y efectivo que existe (a un jeque árabe de Qatar no se le recrimina su cultura musulmana, ni a un gran empresario asiático su cerrada filosofía tampoco). En todo caso, cabe preguntarse si los blancos occidentales son los racistas, o si la gente que llega de otros países con sus extrañas culturas realmente desean integrarse en lugar de vivir aislados en sus propios guetos. Como se puede apreciar en los servicios sociales en dónde resulta muy complicado relacionar a americanos con africanos, o asiáticos y viceversa. Normalmente no quieren saber nada unos de otros. En una cultura como la vasca la propia dinámica de cuadrillas hace aún más complicada la integración de la diversidad que ha llegado con la globalización. Sin embargo, allí el gobierno, las instituciones y las asociaciones ciudadanas son de las más integradoras de Occidente. En este grupo de opinión se apuesta por el revisionismo histórico, por eliminar las estatuas (tal y como se ha estado haciendo recientemente con las de Churchill o George Washington por considerarles personajes racistas). Aunque no está bien juzgar lo que pasó en el siglo XV con los ojos del siglo XXI, lo cierto es que toda la historia que conocemos es un relato (no podemos saber qué pasó en realidad en ningún caso). Por tanto, tampoco tiene sentido vender y/o perpetuar como malas o buenas, según convenga, a las figuras y/o actuaciones pasadas. Debemos empezar a construirnos nuestros nuevos ídolos o influencers modernos, para orientar a la nueva sociedad diversa e integradora que perseguimos en la actualidad.

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