Esta semana hemos debatido sobre la Crisis del Coronavirus COVID-19, la pandemia que está asolando al mundo en este momento.
- De un lado tenemos a los que opinan que, no se ha actuado convenientemente a la hora de afrontar esta crisis sanitaria para la que no estábamos preparados. Llegados al punto en el que estamos, ya será totalmente imposible salvar vidas con ninguna medida de contención de contagios que se nos ocurra aplicar. Al final, todas las personas que están en riesgo (mayores de 80 años y/o con patologías previas) van a morir irremediablemente. Si no lo hacen en el transcurso de esta primera oleada, lo harán en las subsiguientes que están por venir. Está claro que la única medida que podría haber resultado, y que todavía podría ayudarnos de alguna manera, es la de realizar test masivos a toda la población. Pero, a pesar que podíamos haber movilizado a todas las industrias nacionales para fabricar tests y obtener resultados fiables, hemos estado delegando continuamente la responsabilidad de los tests en las industrias extranjeras. En muchos casos se nos ha timado vendiéndonos tests de dudosa fiablidad, y todas estas operaciones se han ido envolviendo en una sombra de corruptela que es de asustar. La dudosa estrategia de la inmunidad grupal propugnada por parte de líderes como Boris Johnson o Donald Trump les está estallando en las narices, está claro que pretenden condenar a una gran parte de la población sin tener en cuenta los daños colaterales en ningún momento. Claro que, por otra parte, con todas estas muertes se van a liberar/ahorrar muchos recursos y gasto en atención médica para enfermos y mayores. Por no hablar del problema de las pensiones. Por otra parte, llama la atención las normas a ritmo de decretazo que van cambiando sus condiciones, requisitos y límites de un día para otro, con amplios incumplimientos en plazos, forma y procedimiento de gestión de las mismas.
- En otra posición están los que opinan que, nuestros Gobiernos están actuando adecuadamente en la medida de sus posibilidades. Si está fallando la colaboración entre los distintos Gobiernos, en cierta medida, es porque la coordinación que dirige la OMS no está siendo todo lo acertada que cabía esperar. Se están siguiendo los consejos de los expertos en todo momento, lo que sucede es que el virus era un completo desconocido, y no hemos sido capaces de entender la gravedad de los procesos de propagación de la infección, ni los daños que podía llegar a provocar en el organismo hasta que ha sido demasiado tarde. En todo caso, las medidas de contención están resultando eficaces en algunos lugares y es posible que, si ampliamos la capacidad asistencial (con hospitales de campaña) y mejoramos el proceso de realización de tests, podamos resolver la crisis de una manera controlada. Además, contamos con la ventaja de todas las personas que ya están inmunizadas y disponen de anticuerpos, así como de la experiencia acumulada por parte de nuestros profesionales sanitarios. Estar en la punta de lanza de la lucha contra el virus nos permitirá asesorar y atender las necesidades de otros países y desarrollar aún más potentemente nuestro sector de salud. Una industria que se convertirá en esencial en el futuro. Contar con un sistema sanitario potente y bien preparado es fundamental. Lo estamos observando con las cifras de gente curada que va superando la enfermedad en nuestro país. Por último, también existe la esperanza de que, con los avances científicos y tecnológicos de los que disponemos hoy en día, seremos capaces de encontrar una vacuna a corto plazo. En todo caso, la ley de la Evolución establece que en las mutaciones futuras del virus prevalecerá su versión más benigna, o como poco la menos mortal, con lo que el problema perderá pronto su gravedad inicial y pasará a derivar en una enfermedad estacional similar a la gripe común.